Campillos. "El Internado". El colegio de San José (1973-1986)

Alumnos

En muchos capítulos, y a lo largo de este libro, hago referencia a los alumnos del Colegio con respecto a tal o cual aspecto, no en balde son ellos los protagonistas principales de toda esta historia sobre el internado de Campillos, no obstante, merecen un capítulo aparte.
Como ya he comentado anteriormente, no eran unos alumnos tan conflictivos como se quiere hacer creer. Aquella "conflictividad" responde a la leyenda del colegio que, muchos, querían comparar con un reformatorio o un correccional. De eso nada. Se trataba de un colegio bastante duro, pero nada más.
Como dije, eran alumnos normales y corrientes, poco estudiosos, vagos o indolentes, algunos ciertamente complicados, pero, como corresponde a esa tipología de chicos, inteligentes y vivos la gran mayoría de ellos. En cuanto que se les organizaba la vida, se les exigía un esfuerzo y se les premiaba o castigaba en función de que ese esfuerzo hubiera sido positivo o no, todo estaba arreglado. ¿Donde no encontramos alumnos de esas características? Si echo la vista atrás, yo también me recuerdo así, y así los he tenido a lo largo de toda mi carrera profesional.
Muchos de ellos llegaban al colegio, el primer curso, por decisión de sus padres y, después, seguían en el colegio a petición propia y hasta terminar sus estudios. Es cierto que los había, pero conocí a muy pocos que realmente fueran conflictivos, y aquellos que lo eran, respondían más bien a los errores de sus padres más que a su propia condición.

A mí, este trato con alumnos de cierta complicación, y de carácter difícil no me preocupó nunca. Descubrí que me entendía muy bien con ellos y, a lo largo de mi carrera profesional, siempre los he preferido a otros. No ha sido la primera vez que, al llegar a un nuevo colegio, he pedido al director que me asignara el curso más conflictivo que tuvieran, y de los mayores, cumpliendo con mis deseos al momento y de inmediato, y asombrándose ante tal petición. Podría decir que de aquellos años surgió mi "vocación" y mi "especialización" en alumnos de los que mal llaman "conflictivos" con los que siempre me he llevado muy bien.

Los tuve que con tan sólo once años ya eran amigos de los porros y se colocaban cada vez que iban a su casa en fin de semana. En cada clase, un buen porcentaje me reconocían conocer los porros, sin embargo, me consta que, el tener relación con porros, era motivo de expulsión automática del colegio, mientras que Don José fue su director. Cuando él dejo de serlo, la cosa cambió radicalmente... Cualquier cuestión que pudiera afectar a la matricula del centro era merecedora de "reconsideración y estudio"... Nunca estuve de acuerdo con esa "nueva y permisiva política" que llegó a provocar incluso, una pequeña mafia en el colegio allá por los 80.

Siempre recordaré a un excelente alumno, en todas las asignaturas, que los lunes por la mañana estaba "fuera de combate". Ya por la tarde se empezaba a recuperar y el martes era el de siempre: un alumno brillante. Yo, conocedor de sus problemas familiares, le permitía salir al patio a despejarse, o a "dormir la mona" hasta recuperarse. Esos fines de semana en casa le sentaban como un rejón...

Desde el año 1986, en que dejé el colegio, hasta hoy, me he encontrado con muchos antiguos alumnos. Prácticamente todos ellos están bien situados y terminaron sus estudios superiores. Algunos, asombrosamente, han hecho carreras que no te podías imaginar en esos alumnos, pero ahí están ¡bien logrado! Puedo afirmar que me saludan con cariño (son ellos quienes me reconocen) y que recuerdan el colegio como una etapa positiva en sus vidas. Hace años me encontré con uno de ellos que es abogado. Curiosamente yo, en clase, le llamaba "el abogado", porque siempre salía en defensa de cualquiera y tenía que intervenir en cualquier litigio que hubiera!...

Entre todos los agrupamientos de alumnos por clase, siempre había uno de carácter mixto (a los que ya he hecho referencia) en el que se encontraban agrupados todos los hijos de los propietarios del colegio y familiares de Macías, los de los profesores del propio colegio, los del colegio público, y los de aquellas otras familias de un cierto estatus en Campillos. Era curioso el trato deferencial que recibía aquella clase: todos los profesores que impartían clases a ese grupo eran de los mejor considerados por Don José. En un colegio donde los reconocimientos personales o profesionales brillaban por su ausencia, el que te eligieran como profesor de ese grupo "especial" de alumnos, era algo de agradecer porque, de alguna forma, te estaban diciendo y reconociendo que confiaban plenamente en ti. Para mí, como para mis compañeros, era una especie de reconocimiento el que, curso tras curso, nos adjudicaran ese grupo tan especial de alumnos.

Es imposible no hacer referencia a ciertos alumnos cuya estancia en el colegio fueron "noticia", tal y como referí que ocurrió con el hijo de aquel actor. Pues fueron muchos los que procedían de familias consideradas, por una u otra causa, importantes, relevantes o conocidas.
Sin ir más lejos podríamos empezar por el hijo de una popular duquesa, pasar al hijo de un ministro del antiguo régimen, seguir por el de un importante presentador de televisión cuya estancia duró poco en el centro (sin duda alguna era mucho más interesante lo que podría aprender al lado de su padre que en un colegio).
Hijos primos y sobrinos de familias andaluzas de gran renombre como los Osborne (Bertín Osborne siempre lo refiere), y otras muchas hasta llegar a algún actual presentador de telediarios o a un europarlamentario.

Estos alumnos cuyos padres tenían un cierto nivel, en clase se "perdían" entre el resto pasando a formar parte del grupo y sin ningún tipo de privilegios. Se cuenta que en una ocasión algún padre protestó por el compañero que le había tocado en suerte a su hijo, por su bajo nivel social. Se dice que la reacción de Don José, sin dudar un instante, fue la de invitar a ese padre a que se llevara a su hijo a otro centro...
Se podría afirmar que no hay una sola ciudad española en la que no encontremos a alguien que haya estado en el Colegio de Campillos en alguna ocasión, ya sea curso académico completo, o curso de recuperación de verano.
Verdaderamente, hay que reconocer que el colegio era duro para los alumnos, sobre todo para los más pequeños de la EGB. Estos siempre me provocaron un cierto sentimiento de lástima y ternura porque, nos pongamos como nos pongamos, eran unos críos "sacados" de sus familias, de su ambiente, de sus padres, de sus amigos y "metidos" en un centro de carácter frío, con una disciplina dura. Comprendo que las amistades que se forjaran en aquellos años de permanencia en el colegio fueran firmes y duraderas ya que poca afectividad recibían aquellos críos a excepción de la de algunos tutores que se preocuparan algo más por ellos, y de algún que otro inspector, lo que sin duda agradecían enormemente.
Será por ello que, por haber conocido ese ambiente durante trece años, cuando alguien me ha pedido consejo respecto a enviar a su hijo a un internado, siempre me he declarado en contra de ello y lo he invitado a buscar e intentar otras soluciones. Sé que muchos padres no han tenido más remedio que recurrir a los internados, pero también sé que, cuando se recurre a esta solución, es porque, indiscutiblemente, se ha fallado en algo anteriormente o porque las circunstancias son extremas.
Sé que no va a significar nada lo que voy a referir ahora pero recuerdo una conversación con alguien decidido a enviar a su hijo al internado. El motivo: al niño lo suspendían continuamente en Matemáticas y Lengua.
Le aconsejé que no lo hiciera y que buscara otra solución.
En un momento de la conversación le pregunté a ese padre: "Y tú, ¿que haces por las tardes? Sin darse cuenta, respondiendo a mi pregunta encontró la respuesta..."Pues voy al club, a jugar al tenis"... "Pues, ya que dispones de tiempo libre y tienes preparación para ello, antes o después del tenis, dedícale un poco de tu tiempo a tu hijo y no lo mandes a un internado"...
Muchos de nosotros, hombres hechos y derechos, lo pasamos nada más que regular cuando nos tocó ir a la dichosa "mili". Seguro que todos pasamos por momentos de soledad, nostalgia y decaimiento. Imaginad como debe pasarlo, en un internado, un crió de diez años.

Mi último año en el colegio fue un año triste. Quedaban muy pocos alumnos de los que tan sólo escuchaba quejas y más quejas. La tensión se palpaba a diario... Con la Dirección del colegio viejo, que cada vez más entraba en una clara etapa de verdadera desgana o desidia estaba totalmente enfrentado. Había aprobado mis oposiciones y estaba a la espera de que me avisaran de la Delegación Provincial de Educación para ocupar cualquier vacante.
Fueron unos meses tensos al máximo. El único consuelo me llegaba era de los alumnos, a los que me sentía más unido que nunca, y ellos conmigo. Sabían que, ante cualquier problema que tuvieran, podían contar conmigo para intentar solucionarlo. Daba la sensación (y era la realidad) de que, de un lado estaba la dirección, actuando a su manera, y de otra yo, actuando a la mía.
Recuerdo que la llamada de la Delegación llegó para que me incorporara a una vacante.
Aquella tarde, fui al estudio general en que se encontraban todos los alumnos que quedaban en el colegio. No recuerdo exactamente qué número de alumnos habría en aquella época, si acaso unos doscientos (¡de 1.700 a los que habían llegado a alcanzar la matricula!...)
Pedí permiso al inspector que los vigilaba para decirle a los críos "una cosa". La cosa era que venía a decirles adiós y a desearles suerte...
Me emocionó escuchar el silencio que se hizo cuando terminé de hablar y, a los pocos segundos, el atronador aplauso de todos cuantos allí estaban. Fue mi última tarde en el colegio San José.
Unos meses antes, Julio Diez, uno de los jefes de estudio con quien había tenido bastante relación por ser el "cronista de la villa" y porque se interesaba por todas las actividades que yo organizaba como presidente de la Casa de la Cultura de Campillos, me había propuesto una comida de despedida con todos los que en ese año habíamos aprobado oposiciones. Le dije que conmigo no contara. Mi mejor despedida no pudo ser otra que aquel aplauso que me dedicaron mis alumnos y que siempre recordaré.

Eran alumnos que, cuando los tratabas como hombres, te respondían de manera asombrosa. Estudiarían más o menos, pero su comportamiento era francamente bueno. Los mayores, respondían a la confianza que depositabas en ellos.
Siempre recordaré la cara de Don José cuando, una mañana, le dije que tenía que dejar de impartir una clase de 4º de bachillerato. No se lo esperaba, y me expresó su preocupación porque no tenía a nadie que pudiera vigilar a esos alumnos en aquella hora. Su asombro fue mayor cuando le dije: "No se preocupe. Estos chicos están acostumbrados a trabajar sin que yo los tenga que vigilar. Les voy a poner un control y después ellos mismos se lo corregirán con ayuda de los apuntes"...
Efectivamente, así lo hicieron, y, al día siguiente, me dijeron las notas que habían obtenido. Los que siempre suspendían, se pusieron su nota de suspenso, y los que generalmente aprobaban, se pusieron también la nota que les había correspondido en aquella ocasión. Ellos sabían, y habían aprendido que, conmigo, lo peor que podían hacer era intentar engañarme, así pues, podrían saber más o menos, pero jugaban limpio

Pienso que tenían una extrema confianza con sus profesores para preguntar todo cuanto no entendía. Las clases, muchas veces, daba la impresión de ser una "clase particular", por las vueltas y revueltas que dábamos los profesores hasta "dar" con aquel razonamiento o aquella explicación que aclaraba lo que no entendían esos críos. Recuerdo que, buscando soluciones, me inventé recursos que muchos de ellos recordarán: los "pronombres locos" en Francés, o el "punto de interrogación en Inglés" y cantidad de truquitos más que hacían más fácil y entendible los conceptos básicos de esos idiomas, como aquel canturreo del "¿Cuántos, cuantas?... ¡How many!" No teníamos problema alguno en contar con toda su confianza sin tener que olvidar el trato que nos debían: el de "usted".
Podría contar cantidad de secretos inconfesables, experiencias sexuales o, incluso, pequeñas y medianas faltas que me confiaban, sin que por ello dejara de ser para ellos DON Francisco y no me tuviera que convertir, por esa misma causa, en "Paco". Con mis alumnos siempre fui su profesor, su confidente, una persona de confianza con la que podían contar, pero nunca su amigo, porque, sencillamente, no lo era. Ni éramos iguales, ni éramos compañeros. Mucho menos, amigos...

No recuerdo por qué motivo, hubo un grupo de mis alumnos que debía salir al Instituto del pueblo a cursar una materia específica. Venían del Instituto contándome las barbaridades que les hacían a un tal "TATO", el profesor de aquella materia, que les pedía que lo tutearan porque eran "colegas" ya que trabajaban en lo mismo: la enseñanza. ¡Que estupidez!

Alguien puede preguntarse que tal era la convivencia entre los alumnos. La verdad, y a expensas de poder equivocarme, afirmaría que muy buena. Cierto que estaban controlados, pero nunca detecté ni presencié nada fuera de lo normal. Alguna pelea, algún insulto, algún pequeño hurto que se reponía, nada que no pudiera o pueda ocurrir en cualquier otro centro educativo.
Las situaciones complicadas se solucionaban con un parte que, en el noventa y nueve por ciento de los casos, terminaban significando un fin de semana sin salida. Otros con un buen tortazo, y otros simplemente, dejándolos estar... y haciendo la vista gorda a las soluciones que, entre ellos mismos, decidían

Estoy escribiendo y recordando a aquellos dos alumnos de octavo de básica...
Catorce o quince años. Unos cuerpos de hombre.
Al entrar en mi clase vi a uno de ellos en el suelo y a otro enormemente excitado. Pregunté que estaba ocurriendo... El que ahora se levantaba del suelo había llamado al otro "hijo de puta" y el otro le había pegado un buen guantazo. No era la primera vez que le había insultado. ¿Qué hacer?
Nada. Mandé que ordenaran las sillas y empezamos nuestra clase como si nada hubiera pasado. No hubieron más insultos por parte del que recibió el guantazo... Hay cosas que, a veces, se aprenden de la forma más natural del mundo... Esa mañana, aquel chico aprendió a no insultar a sus compañeros

En los primeros años todos vestían ese guardapolvos marrón al que me refería en las primeras páginas de este libro. Era un uniforme feo con ganas, pero cien por cien práctico, además, como todos los uniformes, evitaban el deterioro de la ropa de vestir y aquello suponía un considerable ahorro para las familias. Fue desapareciendo, poco a poco, hasta desaparecer. Muchos de ellos lo vestían vuelto del revés, de forma que los bolsillos quedaran en la parte interior, ya que corría la costumbre de echar colillas en los bolsillos de aquel que fuera más despistado... ¿Es que se permitía fumar? No, pero siempre, y en todos los colegios se ha fumado

La dureza del colegio y el uniforme supusieron que, para algunos, el cumplir con "la mili" fuera algo como "ya conocido"...
Hace poco, un antiguo alumno del SAN JOSE me contaba... "Llego a la mili, y me dicen que si "soy un novato"... ¡A mí que estuve cuatro años en Campillos!..." Por supuesto que pasar por Campillos imprimía carácter y era toda una experiencia

No puedo hablar de aquellos alumnos sin recordar a algunos que quedaron en el camino a tan pronta edad, unos por enfermedad, otros por sobredosis, o bien por desafortunados accidentes como ocurrió con uno de ellos, un excelente alumno, simpático, estudioso y deportista, que murió en unas pruebas clasificatorias de motorismo. Es duro, muy duro, ver, un día, que el asiento de uno de tus alumnos no se ocupa

Relatando como eran estos alumnos del SAN JOSE, no puedo evitar recordar mi impresión cuando, una vez aprobadas mis oposiciones, me incorporé a un colegio público donde me encontré con un curso de quinto de EGB, mixto, en el que había más chicas que chicos. ¡Era la primera vez que tenía niñas en clase! ¡Qué experiencia! ¡Qué diferencia! ¡Qué esfuerzo para que no se me escaparan tacos de los que acostumbraba a soltar rodeado solo de hombretones! ¡Reconozco que fue todo un cambio!

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