Campillos. "El Internado". El colegio de San José (1973-1986)

El colegio

Aquel conjunto de edificios que conformaban el Colegio de Campillos era, como mínimo, algo extraño, desaliñado, cutre.

Algunos contaban que aquello, antes, había sido una granja y que se había aprovechado para instalar en ella unas aulas y lo mínimo necesario para reconvertirla y organizar en ella un colegio.

Los espacios eran amplios pero las instalaciones espartanas. Los patios de recreo áridos. En verano, las únicas sombras eran las que ofrecían los techados de uralita que cubrían parte de los patios. Los pocos árboles que se plantaron vendrían mucho después. Las aulas amplias y frías, con techos también de uralita que en verano ardían y en invierno helaban. Todas ellas daban a unos patios abiertos donde los alumnos desconectaban entre clase y clase (los conocidos "pasos de clase") y se divertían como podían en los recreos de la mañana y la tarde. Entre las aulas y los patios había unos pequeños soportales donde refugiarse los días de lluvia. ¡Nunca vi nada tan inhóspito en un día de lluvia!...

Eran dos los patios, más un tercero, el de entrada al conjunto docente, donde estaban instaladas la Dirección, la Secretaría, Jefaturas de Estudios, Enfermería, Sala de Profesores y los dormitorios.

Los servicios, malolientes por el hedor de los orines mezclados con el zotal con el que los limpiaban y desinfectaban, eran viejos y con puertas de hierro pintadas de gris plomo cuyos bajos estaban oxidados. Y allá, al final del todo, la Capilla y el Salón de Actos que hacía las veces de "cine".

Las instalaciones deportivas eran, digamos, sobrias... Un campo de fútbol mal señalizado y con parches de hierbajos y desniveles en la tierra-albero. Una cancha de baloncesto, una pista de tenis rodeada de una vieja tela metálica que, a lo largo de los años, fue presentando grandes troneras aquí y allá, y poco más.

El gimnasio cubierto aparentaba ser más presentable. Era un amplio espacio cerrado. Una nave de cuyo techo colgaban unas cuerdas-sogas y en cuyos laterales se podían ver un potro, un plington y unas colchonetas. A todas luces se veía que no estaba muy bien dotado de material, cosa extraña, porque los profesores de Educación Física que allí trabajaban eran muy buenos profesionales y muy dedicados a esta disciplina pero, claro está, mientras se piense que correr y jugar al fútbol o al baloncesto es el mejor de los deportes que se puede practicar, todo lo demás sobra.

Hay que decir, en honor a la verdad, que tanto Don José Clavijo, como Don Isidro Carbonero, fueron excelentes profesores de gimnasia.

El colegio

PRIMER PATIO: AULAS Y SOPORTALES. AL FONDO LA IGLESIA DE CAMPILLOS

Pepe Clavijo tenía el título de entrenador de alta competición y también el de entrenador nacional, e hizo un enorme y meritorio trabajo en Baloncesto y Balonmano. Si hubiese dispuesto de un pabellón en el colegio, o en el pueblo, seguro que sus logros hubiesen sido mayores aún.

Isidro Carbonero, que fue entrenador del Campillos Club de Fútbol, pudo llegar a ser un gran profesor, pero no le dieron opción ya que, a los pocos años de trabajar en el colegio, fue, para mí, incomprensiblemente e injustamente despedido, ante la pasividad de todos sus compañeros (la solidaridad en nuestro cuerpo de enseñantes nunca ha sido nuestro fuerte y en el SAN JOSÉ tampoco iba ser menos...). No puedo dejar de tener un recuerdo para ese buen amigo y mejor persona.

En página 11 presento un esquema de la distribución del colegio original, el primero, "el viejo" también conocido como "el de abajo" y en el que trabajé durante esos trece cursos. Creo que es bastante fiel a lo que fue en realidad. Hace de aquello más de treinta y cinco años y podría equivocarme en algo...

Lo que sí recuerdo perfectamente es que al principio, y hasta que dispuse de un aula para idiomas, impartía mis clases en el módulo que había al final del patio, entre la capilla y el comedor, y que hasta allí me desplazaba en bicicleta, atravesando todos los patios y esquivando alumnos que me jaleaban como si de un gran sprinter se tratara...

El servicio de peluquería no era permanente, pero, una vez en semana, venían dos de los peluqueros que había en Campillos a pelar a los chicos: el "ANGUILA", Pedro Palacios, y el más famoso de ellos, el "TRIPI" que también tenía un kiosco de prensa donde, ya en democracia, los alumnos compraban aquellas primeras revistas con desnudos que serían motivo de más de una anécdota en las clases y de más de una noche caliente en aquellos dormitorios.

El comedor escolar también sobrio, con jarras y vasos de metal (para no tener que reponer). La comida siempre tuvo fama de ser bastante buena y abundante. Sobre esto no creo que hubiera queja alguna. Los chicos, si querían, podían repetir plato hasta reventar. Más de uno hizo apuesta con algún compañero sobre el número de croquetas que podía llegar a comerse.

El colegio, y el pueblo, estaba rodeado de granjas: granjas de gallinas, granjas de pavos, granjas de vacas y granjas de cerdos. Unas más cercanas y otras más alejadas pero, según soplara qué viento, el solano (levante), el serrano (del norte) o el poniente, de todas ellas llegaban unos olores que todo lo apestaban. Hay quienes dicen que esos olores se deben, aparte de a las granjas y a las almazaras y a sus vertidos de purines y alperchines, a la poca capacidad de los desagües y arroyos para arrastrarlo todo, y debido también a lo llano que es el pueblo de Campillos.

Todo el recinto estaba cercado por un muro de altura considerable que muchos alumnos se empeñaban en saltar, unos por demostrar ante los demás de lo que eran capaces, otros por verdadera hartura de aquel régimen de internado.

Siempre advertí a mis alumnos de lo inútil que era "escaparse" de un colegio en el que había dos puertas de salida, permanentemente abiertas, en cada uno de sus fondos, y, sin embargo, de lo peligroso que podría resultar tal aventura, pero, en fin, algunos se empeñaban en "colgarse la medalla" de "fugitivo" aunque esta huida les durara medio día ya que, en cuanto se tenía noticias de que alguien se "había ido", se organizaba su búsqueda y captura.

Debo recordar a un alumno mío que escapó, con tan mala fortuna que dio con un par de pervertidos que lo tuvieron retenido hasta que pudo escaparse saltando por una ventana. A esto me refería cuando hablaba del "peligro" de escaparse del colegio...

CAMPILLOS

Como es a todas luces imposible haber pasado por el colegio SAN JOSE de Campillos y no recordar aspectos, lugares y costumbres de esta localidad, invito al "lector-estudiante-profesor", a recordar algo que seguramente no habrá olvidado, ni olvidará.

¿Cómo olvidar el viento de Campillos? Es algo difícil olvidarse de ese "solano" o de ese otro "serrano" que soplaba día y sí, y día también, en toda estación del año. El viento nos acompañaba casi permanentemente y era uno de los grandes protagonistas en la vida del pueblo, sobre todo en algunos determinados lugares donde soplaba con especial efecto como podría ser "la cuesta de Vicente Navas" llamada así por ser en esa cuesta donde se hallaba (y permanece aún) la panadería y pastelería NAVAS donde los alumnos compraban unos ricos pasteles (y de gran tamaño) como los tacotes de crema, espolvoreados de coco, o las medias lunas de chocolate. Ese viento era capaz de tumbar a alguno que tuviera que ir andando hasta la estación del tren, atravesando ese llano donde soplaba a modo.

¿Cómo olvidar aquel clásico y típico saludo del campillero que, inclinando un poco la cabeza al cruzarse con nosotros, nos decía aquel ¡Ay! Era curioso comprobar como este ¡Ay! se podía alargar al máximo entre los campilleros aficionados a la caza, forzando al mismo tiempo el tono de voz, o como se podía convertir tan solo en un corto chasquido de la lengua contra el paladar cuando se trataba de un saludo rápido o de compromiso.

Dos expresiones, cien por cien campilleras, eran, y lo siguen siendo, las de "¡cago en la orden!" y la de "¡ah cojone!" que tenían su claro significado. Veamos: La primera "¡cago en la orden!" tiene un matiz absolutamente negativo, de contradicción. Algo ha ocurrido, o algo poco agradable le cuentan a ese campillero que la suelta. Por el contrario, la de "¡ah cojone!" tiene un matiz positivo, de arreglo, significativo de que el problema se puede, o se va a arreglar. Un ejemplo de conversación interviniendo las dos expresiones referidas podría ser esta:

  • "Pues el médico ha dicho que al niño hay que operarlo...
  • "¡Cago en la orden!"
  • "Pero dice que es algo muy sencillo y que en dos días estará otra vez como nuevo."
  • "¡Ah cojone!"

Algo más difícil de olvidar del habla campillera es su rotunda "S" sonora y lo que entre ellos mismos se reconoce como "el recuelgue" en los finales de las frases interrogativas.
La "S" se convierte en una especie de "CH" o "SH" suave de forma que, por ejemplo, yo siempre fui "Don Franshisco Sheballo, el profeshó de franshé".

El caso de los "recuelgues" es, al menos para mí, algo precioso y bien lindo en el habla campillera. Se trata de que, al preguntar algo, se queda uno enganchado a la última vocal de la última palabra con la que se interroga, alargándola un poco más de lo normal.
Por ejemplo "¿Lo has visto?" se convertiría en "¿Lo has vistoooo?"
Es curioso como, en dos localidades muy cercanas a Campillos, Sierra de Yeguas y Teba, no existe esta entonación.

Y... hablando de pueblos vecinos, cualquiera que haya pasado en Campillos una temporada sabe de la "rivalidad" entre este pueblo y Teba. Esa rivalidad o poca simpatía por los tebeños siempre ha existido, aunque, últimamente, creo que va decreciendo a medida que el nivel de Campillos va cada vez más en progreso y que sus vecinos tebeños logran cada vez depender menos de Campillos.
Esta poca simpatía se vislumbraba incluso en la forma de llamarlos por su topónimo.
Para un nacido en Teba se trata de ser un "tebeño". Sin embargo, para los campilleros no se trata de un "tebeño", sino de un "tebano", término este que molesta sobremanera a los tebeños...

Recordando aspectos de Campillos, ¿Cómo olvidar su peculiar olor a granjas?
Como ya he comentado en algún capitulo, Campillos era un pueblo que estaba rodeado de granjas de cerdos y de gallinas, todas ellas muy cercanas al pueblo y esta circunstancia, ayudada por el viento, hacía que esos "olores" llagaran hasta la población y tuvieramos que convivir con ellos a diario
Ya son pocas las granjas que quedan cerca del pueblo, porque han ido siendo sustituidas por edificios y conjuntos de casas unifamiliares que, lógicamente, han favorecido el que los olores hayan ido a menos.
Una pregunta fácil de responder sería la siguiente: ¿Que otra cosa provocaban las granjas que rodeaban Campillos?
Seguro que más de uno ha acertado...¡Si señor! ¡Las moscas! ¡Moscas y más moscas por doquier! ¡Y no digamos en el colegio!...
En el colegio las moscas permanecían, permanentemente y durante los meses de calor sobrevolando en las aulas... Eran, algo así como, un elemento más del aula... ¡Nunca vi tanta mosca junta!
Había críos para los que estos insectos eran una gran distracción: las cazaban con elásticos, las cogían al vuelo, las mutilaban quitándoles las patas y obligándolas a volar permanentemente. Los había que les pegaban un papelito para que lo llevaran como un "remolque" por toda la clase... En fin, que aquellos asquerosos bichillos a la gran mayoría molestaban pero, sin embargo, a otros divertían.

El colegio

PIONEROS DEL "SAN JOSÉ" EN LA PLAZA DEL PUEBLO. PODEMOS VER A JACOBO CASTRO, JULIO DIEZ, FRANCISCO ARJONA, JOSE NAVARRO, ENRIQUE SANCHEZ RENGEL, JOSE CLAVIJO, CANTANO, MANUEL DE GUZMÁN D. FRANCISCO BARRAGÁN y ANTONIO SERRANO

Un lugar que todos recordarán es el KIOSCO BERNABEU en el parque de la Iglesia, donde se podían comprar "chucherias" durante todo el año y helados durante el verano. Y el CARRO DE MIGUEL. Aquel hombre, manco de un brazo, que también vendía chucherías en el parque grande y globos y juguetes para los más pequeños.

¡Como no recordar la LAGUNA a la que, sin duda alguna, más de uno iría de excursión en algún fin de semana a ver las colonias de flamenco rosa, las fochas o los patos que tanto abundaban (o corriendo con Don José Clavijo)!
¡Acercarse, sin ser visto, a los bordes de la laguna y levantarse de pronto provocando una "estampida" de aves acuáticas, era todo un espectáculo digno de ver!

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