Campillos. "El Internado". El colegio de San José (1973-1986)
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Personajes

Sin duda alguna, uno de los más singulares y queridos fue Juanito, el encargado de la conserjería y de la megafonía del centro. Siempre atento, siempre educado y servicial era un hombre que, según me han contado, en sus tiempos fue locutor de la emisora radiofónica de Campillos.
A través de esa megafonía se llamaba a los alumnos que debían acudir a dirección o a jefatura (mal asunto...) o a aquellos que tenían visita. Estos, los alumnos le gastaban de vez en cuando alguna broma haciéndole creer, a Juanito, que debía llamar por los altavoces a unos alumnos determinados de una lista que le entregaban. Fácil de imaginar el "cachondeo" que se formaba cuando se escuchaba por los altavoces una voz diciendo aquello de..."¡Pasen por conserjería los alumnos que se "apelladen" Calderón de la Barca, Lope de Vega y Tirso de Molina!..."
A los pocos minutos volvían a decirle que repitiera el llamado porque aún no se habían presentado, y ¡vuelta a la broma!...

Otro de ellos fue Eloy, el hermano de Don José, al que dudo mucho que alguien le escuchara más de dos palabras. Era callado, serio. No se le escuchaba ni saludar y todos le temían tanto como a Don José o quizás más. La verdad, no sé cual sería el motivo de ese temor pero así era. Para los alumnos era un gran "repartidor de bofetones"... Recuerdo que solo hablé con el en dos ocasiones. En una de ellas discutí con el "a modo" y fue Don José quien vino a pedirme disculpas en nombre de su hermano. En la otra me recriminó lo mucho que, a su juicio, gastábamos en el Departamento-Seminario que yo dirigía. Llevaba razón, porque en ese colegio se gastaba mucho en material, muchas veces innecesariamente, y para no sacarle rendimiento. Mi contestación fue inmediata: "Cuando usted vea que compro algo para no utilizarlo, entonces, me lo dice. Mientras no." Y ahí quedó eso... No volvimos a cruzar palabra nunca más, si acaso un "adiós" casi imperceptible cuando coincidíamos. Tanto él como Don José, estaban acostumbrados a que nadie "les chistara"...

La verdad es que nunca tuve queja del trato que recibí en el colegio. De Don José solo recibí respeto personal y atención a cuanto le pedía para mis clases y aula, respeto que era reciproco, y atención que era devuelta con esfuerzo y dedicación. Discutí con el, fuertemente, en varias ocasiones, sobre todo aquella vez que, en "el puente", y delante de una docena de compañeros intentó "regañarme"...
A medida que el levantaba su tono de voz, yo más... La sirena puso fin a aquella discusión, inaudita para mis compañeros y los jefes de estudios que no estaban acostumbrados a llevarle la contraria a Don José.
Critiqué muchos aspectos de los planes que proponía en los claustros de principios de curso en los que nos facilitaba las líneas a seguir durante el curso. Nunca se inmiscuyó en mi dinámica de clase ni en cuanto yo decidía hacer. Lo eché mucho de menos cuando dejó el colegio en manos de PROMASA...

Otro personaje singular (creo que muy singular) fue Don Angel, más conocido como "el medico" para quien todos los alumnos tenían una salud de hierro y daba la mínima importancia a cualquier afección que presentaran. En el fondo podría llevar razón: Como todos eran chicos jóvenes y fuertes..¡estaban sanos!...
Al dejar el colegio lo sustituyó Don Francisco Díaz Cerezo, un gran profesional procedente de Teba.

No sería justo olvidar a Frasquito, el conductor de la furgoneta, siempre atento, obediente, fiel y dispuesto a cumplir con todo cuanto le mandaran sus superiores. Al jubilarse lo sustituyó Juan Palacios, igualmente, hombre serio, formal y servicial.
Tampoco podría dejar de recordar a una de las limpiadoras más paradigmáticas de cuantas había en el centro: "la francesa", siempre cariñosa, servicial y limpia como los chorros del oro. Era la encargada de limpiar mi aula que siempre mantenía en perfectas condiciones.

Un personaje, para mi, entrañable fue Don Enrique Sánchez Rengel, el Secretario del colegio. Tenía un genio terrible. Un auténtico cascarrabias que defendía la economía del centro como un gato panza arriba. Discutimos muchas veces por tal o cual material que yo compraba sin su permiso, lo que le molestaba sobremanera. Llegamos a ser buenos amigos y a tenernos una franca simpatía.
Muchas veces, cuando hablo del colegio y de tal o cual compañero, de su carácter o de su forma de ser, me olvido del mío, que tampoco era fácil, y de lo que podrían pensar ellos de mí. Verdaderamente nunca me callé nada que tuviera que decir o que quisiera decir, y esta forma de ser me supuso unos cuantos enemigos acérrimos y otros cuantos más "admiradores" de mi forma de actuar. Siempre recordaré la ocasión en que, a la salida de una asamblea se acercaron a mí algunos compañeros a felicitarme y a reconocerme estar de acuerdo con todo cuanto había dicho en aquella reunión, momento en que yo les reproché: ¿Y por qué no habéis dicho lo que pensabais? La respuesta de uno de ellos fue enternecedora... "Paco, es que no nos puedes pedir a los demás que tengamos los cojones que tienes tú"...

Reconozco que debí ser un profesor incómodo para algunos, sobre todo para aquellos superiores que quedaron al mando de la nave cuando se retiró Macías.
Muchas veces me he preguntado la razón de que aguantaran a ese "chinarro en el zapato" que yo suponía, sin que me hubiesen echado a la calle, vaya, despedido, igual que hicieron con otros.
Creo que hubieron dos razones para no hacerlo:
Una: Yo impartía Francés e Inglés. Dos materias fundamentales en cualquier plan de estudios. Despedirme hubiese supuesto contratar a dos profesores, uno por cada asignatura.
Dos: Sabían que había advertido, muy en serio, en una reunión de Claustro, que no estaba dispuesto a que nadie me hiciera el más mínimo daño ni a mí, ni a mi familia. Cualquiera, leyendo lo que acabo de escribir, puede pensar...¿Tan complicada estaba la situación? Sí. Tan complicada estaba...

Uno de los que más tuvo que "aguantarme" fue , sin duda, el Director de Primaria, Manolo Guzmán.
Debo reconocer que Manolo fue un gran profesor, muy reconocido y querido por sus alumnos y que, en una primera época, debo reconocer que fue un gran director, pero el excesivo tiempo en el cargo le hizo, como a todo el mundo, mucho daño. Yo le decía que tenía una mano izquierda más hábil que Curro Romero y, fuera del colegio, cuando "no era el director del colegio", charlábamos y, si se terciaba, incluso me tomaba con el una cerveza. Para mí, una cosa era Manuel de Guzmán, compañero y profesor del Colegio y otra muy distinta era el Director del Colegio. Con uno, hablaba. Al otro, le pedía su dimisión.

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