Campillos. "El Internado". El colegio de San José (1973-1986)

Mi clase

Alguno podrá pensar...¿Será engreído este hombre que dedica un capítulo para hablarnos de su clase? Pues no, no es por eso precisamente, sino porque sé que cualquiera de los alumnos que pasaron por ese aula la recordarán como algo un tanto especial, mucho más dentro del conjunto de aquellas clases del colegio viejo, todas ellas frías, impersonales y sin un solo detalle de vida.
Esta clase, mi clase, mejor dicho, el aula de idiomas de Don Francisco, o "del patillas", o "del Seballo", o "del alhaja", como quisieran decirle mis alumnos, era un lugar especial, distinto.
Estaba decorada al cincuenta por ciento con objetos y detalles relacionados con la lengua y civilización francesa, y, el otro cincuenta por ciento con otro tanto de civilización inglesa.
Era una clase alegre, viva, distinta. Amplia, porque se habían unido dos aulas en una, y disponiendo de todo cuanto pudiera interesar para mis clases de idioma: libros, discos, prensa, cassettes, diccionarios, mapas, banderas, proyectores, etc. etc.
Durante los recreos la dejaba abierta, y a ella acudían los alumnos que querían a escuchar canciones o a leer revistas que tenían a su disposición. Los asientos, que eran de sillas de pala, permitían girarlos y formar corros.
Todos los alumnos con los que, pasado el tiempo, he hablado, la recuerdan con simpatía y como algo distinto.
Alguien puede preguntarse...¿Y cómo es que existía esa clase? Pues la respuesta es bien sencilla.
En una ocasión Don José se planteó montar unos laboratorios de idiomas, y nos reunió a los profesores que impartíamos esta materia para sondearnos y conocer nuestra opinión. No hubo mucha aceptación de la idea. Yo, que había estado en La Rochelle en un curso de didáctica en laboratorios de idiomas, y que conocía esa dinámica, dije que no, mientras que nuestra ratio en clase fuera de cuarenta alumnos para arriba, o incluso más, lo que imposibilitaba cualquier actividad en laboratorio. Si con doce o quince alumnos tiene su complicación, con más de cuarenta ¡no digamos!... Pero eso sí, aproveché la ocasión para pedirle un aula lo suficientemente amplia para montar una clase de idiomas ad hoc. La que había, que mucho antes de que yo llegara al colegio había organizado mi compañero y amigo Antonio Rodríguez, se había quedado pequeña y desfasada en lo que se refería a medios de reproducción audiovisuales. Había que renovarlo.
Don José me aceptó la propuesta, echó tabiques abajo y a las pocas semanas dispuse de mi clase, la más cómoda que nunca he tenido. Por tener, incluso tenía teléfono.

Llegó a ser uno de los lugares más visitados y respetados del colegio. Plena libertad para entrar y salir, sin vigilancia especial. Nunca faltó nada de lo que allí había, ni tampoco rompieron nada. (Miento. En una ocasión, un crío de Infantil se llevó un chupa-chups de encima de mi mesa...)
Como anécdota puedo contar las primeras navidades en que decoramos la clase y su puerta de entrada, que daba al patio de recreo, con bolas y espumillón.
Muchos compañeros y algunos inspectores miraban la puerta y se sonreían pensando en lo que iba a durar aquella decoración que estaba al paso de todos los alumnos del colegio...
A finales del mes de enero, por fin decidí quitar la decoración que había estado, diariamente, al alcance de cientos de alumnos sin que ninguno tocara lo más mínimo.
Todos respetaban esa clase. De alguna manera era, "su clase"... Ya dije que "la francesa", la limpiadora que se encargaba de su limpieza, se asombraba de que fuera la clase con más trasiego del colegio y que, sin embargo, fuera la más limpia.

Siempre pensé que en el colegio sobraban los malos modos y faltaba cariño y amabilidad. Esto no tiene nada que ver con la firmeza y la disciplina. La disciplina, el cariño y la amabilidad son complementarios y compatibles.
Ya he dicho en algún capítulo que, durante mis años en el colegio, pegué más de un buen guantazo a quien "me lo pidió", pero eso no tiene nada que ver con que en las clases hubiera un buen ambiente, una cómoda convivencia y una buena ración de respeto y sentido del humor.

Al fondo, sobre una repisas, estaban los libros de texto que utilizábamos en clase, en número suficiente para que no faltaran. Esta fue una experiencia nueva que organicé con mis alumnos.
A final de cada curso pedí a todos mis alumnos que me dejaran sus libros de idioma para que pudieran servir a los compañeros del próximo curso y así no tener que comprarlos. Cuando junté los suficientes avisé a mis alumnos de que no debían comprar libro para las clases de idioma ya que los teníamos en clase.
Todos ellos utilizaron los mismos libros durante cerca de nueve años, cuidándolos, responsabilizándose de ellos y sabiendo que otros compañeros debían utilizarlos en años posteriores.
No tengo ni que explicar la impresión que me causó conocer que la Consejería de Educación está utilizando el mismo método con la gratuidad de los libros de los alumnos de Primaria, pero mucho más limitado en el tiempo...
Este sistema de libros en clase y utilizados por todos, supuso un ahorro para los padres pero también un pequeño contratiempo para la librería EL ANCLA que era la que surtía de libros al colegio, y que dejaron de vender libros de idiomas. El enfado pasó pronto

Comprendo que esta clase fuera una de las "diversiones" en los recreos, sobre todo en los meses de lluvia y frío, para un grupo de alumnos numeroso ya que poco tenían por hacer en esos recreos aquellos a quienes no les gustara el fútbol, el baloncesto o dejar pasar el tiempo charlando bajo los soportales.
¿En qué se divertían esos críos?
Aparte de lo que acabo de referir, escuchaban casetes de canciones, jugaban a cartas, o se inventaban juegos de los más absurdos como aquél que pusieron de moda consistente en darse correazos en las palmas de las manos.
Cada vez que mi compañero Pierre Vallantin y yo jugábamos al tenis en la hora del recreo, les proporcionábamos una distracción extra a un buen grupo de alumnos que se dedicaban a jalearnos, o a abuchearnos, cada vez que lográbamos un buen revés o cometíamos algún fallo.

Y allá, al fondo de la clase, una guitarra...
Y...¿qué hacía allí una guitarra?
Pues justificar una clase extra y gratis que me buscaron un grupo de alumnos de Campillos pueblo. Ellos sabían que yo tocaba la guitarra y vinieron a pedirme que les enseñara, y les enseñé.
Aprendieron las posturas básicas y unas cuantas canciones de tuna bastante aceptablemente, tanto como para atreverse a interpretarlas en el cine CRUZ BLANCA ante sus padres y amigos en una especie de festival que hubo.
Recuerdo algunas de esas guitarras que trajeron el primer día... Hubo que arreglarlas, ponerles puente, cuerdas, pegar rajas, etc. etc. pero llegaron a sonar en condiciones. Lo más importante es que fue motivo para que los críos se aficionaran a ese instrumento y que, años más tarde, ya hombres, algunos de ellos formaran un conjunto, el grupo "DDT", con un estilo muy parecido al de Barricada, y que llegaran a grabar dos discos. El grupo lo formaba Pacheco, Victorino, Carrasco ("Carrasquito") y Rafael Lago. Sonaban bastante bien. El día de la presentación del primer disco, asistí a la discoteca donde se presentaba aquel conjunto formado por exalumnos míos y, al final, cuando fui a felicitarlos, recuerdo que me dijeron llenos de felicidad y satisfacción. "¡Esto es culpa tuya, Paco!" ¡Bendita culpa!

Y hablando de música, no puedo olvidar a uno de mis alumnos que más ha destacado en este campo de la música: Francisco Lago. Francisco es un gran concertista de piano y profesor de Instituto en la especialidad de música.
Nadie sabía ni sospechaba las facultades de ese niño, alumno mío de EGB, hasta que aconsejé a su padre que lo apuntara en la reciente Banda Municipal que acabábamos de organizar en Campillos, con la ayuda del inestimable Rafael Reyes. El chiquillo empezó sus clases y, en muy poco tiempo, demostró de lo que era capaz. Francisco fue otro más que me culpó de "haberle facilitado" descubrir la música.

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